Emergencia. Abren dos nuevos hogares; uno atenderá a chicos adictos
Una nueva unidad móvil recibe denuncias y contacta a los niños en las calles. Ellos y sus familias son derivados para que vuelvan a educarse, se les proporcione alimento o reciban tratamiento contra las drogas.
Gelsi Ausserbauer
Doce del mediodía, Pocitos. Un niño y su sobrina piden monedas haciendo equilibrio sobre un cantero.
Los integrantes de la Unidad Móvil de Demandas Externas del Programa Calle ya han hablado con los dueños del parador, quienes denunciaron, a través del teléfono, que el niño comenzó a "parar" ahí desde hace unos días. Ahora, los técnicos aguardan que los niños crucen a una plazoleta, donde, al resguardo de la sombra, los espera una mujer que suponen su madre.
El sol y el calor no se aguantan, pero él y la pequeña siguen haciendo equilibrio por el cantero unos minutos más. Cuando cruzan, la dupla de la unidad móvil integrada por Leticia y Mariana se acerca y comienza a dialogar con la mujer. El niño está a un lado, jugando a la pelota. Pasan tal vez veinte minutos de charla.
Después, las integrantes de la unidad se alejan y comentan la compleja situación al coordinador del equipo: se trata de una mujer joven y embarazada, con hijos de uno, dos, tres y seis años, además de esta niña, que nació cincomesina. Ella misma pasó en el CTI cuatro meses después de tenerla. Ahora su pareja la dejó y la aloja su suegra. El niño que pide en el cantero es su cuñado, que le da una mano. Sus hijos tienen plomo en sangre, y asegura que la vivienda que le dio el gobierno al realojarla vivía en un asentamiento, se vino abajo. A pesar de todo, los niños se ven bien cuidados. La mujer cuenta que van al pediatra y ella se realiza los controles de embarazo necesarios. Que los niños pidan en la calle es la única que tiene, explica. ¿Qué hacer ante una situación tan compleja?
El educador Miguel Cáceres, coordinador de la unidad, explica que el próximo paso será contactar a El Abrojo, la ONG que atiende a los niños en calle de la zona. A partir de entonces, comenzará una etapa de coordinación. Buscarán un CAIF del barrio donde vive la mujer para que allí puedan atender a sus hijos. También se confirmará en el Banco Hipotecario si su casa se deterioró al punto de volverse inhabitable ("aunque en la mayoría de los casos, estas personas no mienten", cuenta Cáceres). Se la vinculará con el INDA para que tenga asegurada su alimentación. Y también, después, se la ayudará a conseguir trabajo (quizá a través del Mides), aunque para llegar a esa etapa será indispensable que pueda dejar a sus hijos varias horas en algún centro donde los cuiden.
No parece sencillo, pero por algún lado hay que empezar para que estos niños vayan a la escuela y dejen de hacer lo que no deben: trabajar.
La importancia del reconocimiento
Un camino similar a ese es el que recorre todos los días en el horario de 9.00 a 21.00 la Unidad Móvil del Programa Calle, creada hace dos meses. Desde entonces, ha realizado 37 intervenciones en 60 salidas. En estas intervenciones, se han atendido 14 familias con 39 menores de edad, además de otros 29 niños solos. De ellos, 19 se derivaron a proyectos por convenio, y 9 a centros de INAU. La unidad está conformada por 12 especialistas, entre los que se encuentran educadores, trabajadores sociales, psicólogos y un estudiante de profesorado en Educación Física.
Luego de que se derivan las denuncias de niños en situación de calle desde la Línea Azul, o directamente a través del teléfono 916 65 19, las duplas de la unidad se acercan al lugar, evalúan la situación y empiezan a establecer una relación con los chicos y sus familias. Algunas veces llegan al sitio indicado y resulta ser una falsa alarma, pero son las menos. Otras, se encuentran con que los niños, en su constante peregrinar por conseguir una mejor esquina, ya no están allí, pero regresarán para comprobarlo. Las demandas se atienden de inmediato, porque todos los casos se consideran emergencias, aunque algunos impliquen una situación de mayor vulnerabilidad.
Una vez que encuentran a los niños y sus referentes, el primer paso es hacerse conocer. "Antes que nada nos presentamos, nos conocemos y nos reconocemos. Ellos tienen que saber que yo soy Miguel, de INAU, y yo tengo que saber cómo se llaman. No podemos llegar sacando el carné, porque entonces nos vamos a encontrar con una pared. Eso sólo lo hacemos en casos extremos. Solamente después de que nos reconocemos, hablamos con la familia y le preguntamos: '¿Vos te diste cuenta de cómo está tu niño?'", explica Cáceres.
La creación de la Unidad Móvil ha posibilitado recorrer y fortalecer el trabajo en zonas donde no existen emprendimientos del Programa Calle de INAU, particularmente en Montevideo Oeste (Nuevo París, La Teja, Cerro, Casabó, Paso de la Arena, etcétera). En estas áreas, "se intenta vincular a los niños y sus familias a su territorio", señaló Cáceres. Esto signfica que la prioridad es que los chicos reduzcan sus horas en calle. Para ello, se los deriva a centros CAIF o Clubes de Niños (en el caso de que los haya), a la escuela e incluso a organizaciones sociales, entre ellas las iglesias.
"La comunidad tiene muchísimos instrumentos para atenderlos. Se apela a la creatividad. Sin ir más lejos, la JND está trabajando con las iglesias. Hay no menos de 12 que son mucho más que 12 lugares físicos que trabajan específicamente el tema drogas. Hacen una excelente tarea, aunque no tenga visibilidad", dijo Cáceres.
Derivar a los niños a estos centros, o a las ONG especializadas que trabajan en otras zonas de la ciudad, permite que la Unidad Móvil no se sature "y que siempre haya gente acá en la base", dijo el coordinador, en referencia al local donde trabajan, en Guaraní y Buenos Aires.
Una estrategia global
La tarea de esta unidad se enmarca en un sistema de trabajo con chicos en situación de calle, que incluye, además del INAU, el Poder Judicial, el Ministerio del Interior, el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), el BPS, el Ministerio de Salud Pública, el Ministerio de Economía, la Intendencia de Montevideo y la Junta Nacional de Drogas. Esperan, además, concretar la participación del Ministerio de Vivienda.
Mantienen reuniones intersectoriales cada semana, y los participantes de la unidad aseguran que este proceso que lleva alrededor de cuatro años ha producido un "cambio fundamental".
En su opinión, es esta nueva noción de sistema la que ha permitido atender casos sumamente complejos. En el BPS, por ejemplo, debieron ofrecer apoyo y derivar a varias familias en las que niños, jóvenes y adultos vivían en condiciones precarias y comerciaban objetos robados. Para atender ese caso, fue el equipo de trabajo en su totalidad, durante todo un día. En un asentamiento del Cerro, una pareja consumidora les quitaba la comida a sus hijos para venderla por pocos pesos y comprar pasta base.
¿Cómo manejar estos casos? ¿De qué forma establecer un diálogo con personas que, a veces durante generaciones, han a aceptado que el trabajo infantil y la calle son su forma de sustento?
"Siempre hay una rendija para trabajar", afirma Cáceres. "No todas las situaciones son de pobreza extrema, y no todas estas personas tienen problemas de vivienda. Pero en ese caso, si bien todavía el Mvotma no se incorporó al trabajo, buscamos soluciones, aunque no sean definitivas. A todos los problemas que tiene esta gente, no les podemos agregar el silencio".
El primer contacto con el niño o su familia es esencial. Cáceres, junto a Claudia Gil, Mariana Guevara y Leticia Guardia, integrantes de la unidad móvil, coinciden en que estos adultos "creen que no generan dificultades para sus hijos, y ésa es su modalidad de supervivencia".
"Convencerlos de que hay algo distinto es lo más complejo", afirmaron. "Estos niños muchas veces sólo conocen esa forma de vida. Por eso tienen que conocer otras, y saber que en un día de lluvia es mejor ir a la escuela, tener un techo y un plato de comida calentita, en vez de estar en la calle", afirmó Leticia, una educadora social de la unidad.
Muchos de estos niños son adictos a sustancias, y la que causa estragos es la pasta base, que los arrastra, en muchos casos, a cometer delitos. Sin embargo, muchos otros "también son adictos a la calle", explicó Cáceres. Un trato que no avasalle la identidad del otro es una de las recetas para hacerle ver que una nueva realidad es posible.
"Tus códigos no son los de ellos, pero los rechazos son esporádicos. Tienen el derecho a decirte que te vayas y nosotros nos vamos, para no cerrar la puerta. Al otro día nos volvemos a acercar, siempre respetándolos.
Cuando ven nuestra actitud, nos aceptan y terminamos jugando. Son muy pocos los que no quieren saber nada. Me acuerdo de uno que me decía: 'No me metan nada, ustedes son de Gurises Unidos'. No éramos, pero estaba cerca. Igual, casos como ése hay muy pocos", relató Cáceres.
La mayoría acepta la propuesta. No todos los niños abandonan la calle de inmediato, pero su vinculación con nuevos espacios hacen que muchas veces reduzcan sus horas de trabajo paulatinamente y, lo más importante, descubran que ése no es el mundo en el que deberían estar.
TAMBIEN LAS FAMILIAS
Es muy raro encontrar niños que vivan en la calle. La mayoría tienen un lugar donde pasar la noche, aunque sea sumamente precario en muchos casos. También es infrecuente que no tengan familia.
El Programa Calle de INAU, y por ende la Unidad Móvil, no sólo atiende a los menores de edad, sino también a sus familias, para realizar un abordaje integral.
Aunque las denuncias suelen ofrecer datos de los niños, y el trato con ellos resulta fundamental, es con los adultos con quienes se establece el diálogo y se coordinan las acciones, ya que son ellos quienes deben responsabilizarse por la situación.
"Les damos un rol protagónico. Nada puede hacerse sin ellos. Tienen que apropiarse de su vida y volverse autosuficientes. Eso les va a permitir separarse del proceso, y a nosotros trabajar en nuevos casos", afirmó el coordinador de la Unidad Móvil, Miguel Cáceres.
Enseguida se los contacta con distintas organizaciones estatales o no gubernamentales. Incluso, se buscan salidas laborales para los adultos, ya que ésta es la única vía para que los niños dejen de trabajar y regresen a la escuela.
Para quienes no tienen vivienda, la solución más inmediata es un refugio. Aquellos que viven en calle hace poco tiempo tienden a rechazarlo, porque "sienten que es bajar un escalón más", dijo Cáceres. En cambio, "otros van a vivir toda la vida ahí".
Una nueva alternativa son las pensiones sociales, para hombres, mujeres o familias. Se trata de casas grandes donde varias personas o grupos familiares conviven. "Más allá de los problemas que causa convivir, les permite autogestionarse y resolver sus problemas. Ahí es necesario que trabajen y que aporten dinero. Es una posibilidad más digna", afirmó Cáceres.


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