Con la mente en blanco
aceptado una responsabilidad de Gobierno, cómo me sentía, qué había
encontrado en mi lugar de trabajo.
Recuerdo que le dije, medio en broma y medio en serio: - Es como aquel programa español: “Si lo sé, no vengo...”
Mientras se reía, me respondió: -¡Jodéte, no me mires a mí, yo soy blanco! ¡Nosotros somos un sentimiento! ¡Nadie puede echarnos la culpa de
todo!¡Los colorados siempre serán más
responsables que nosotros!
El tiempo ha pasado y recuerdo muy bien este pequeño diálogo, porque contiene una sentencia contundente. No fue accidental.
Es que en realidad, el gran debate ideológico en el Uruguay siempre ha sido entre colorados e izquierdistas. Entre batllistas, comunistas, socialistas y anarquistas.
En medio de ese debate se han intercalado fascistas, librepensadores y... los blancos. Algunos se esfuerzan por diferenciar nacionalistas de blancos. Una sutileza.
El “ser blanco”: ¿Será un producto genuino del “ser nacional” uruguayo?
Ser blanco no es una definición ideológica, es una “reacción” social. No tiene
en su génesis ninguna raíz filosófica. No hay inspiradores, pensadores, ni
matrices universales en debate. No. Hay una reacción histórica al dominio de
un Partido (el colorado), hay Caudillos referentes, el reclamo de leyes (para
asegurar los cambios) y una sensación generalizada de buscar siempre “más libertad”,
aunque cada uno tenga de ella su propia versión.
Una cierta vinculación o inclinación hacia los lineamientos de la Iglesia Católica ha indicado siempre parámetros para esa “libertad” proclamada. Una cierta distancia de todo lo que sea movimiento asociativo o emprendimiento colectivo de los ciudadanos, va también delineando una cierta concepción de esa libertad. A pesar de que fueron los blancos los primeros que generaron legislación laboral en protección a los trabajadores, su compromiso y participación en los sindicatos siempre ha sido residual, más bien testimonial. El reconocimiento de las diferencias
sociales, no hablemos de “clases”, no tiene espacio en su discurso. Más bien, entonces, llegamos a la conclusión de que la libertad blanca es una “libertad individual”, en donde cada uno deberá defenderse como pueda, en donde la existencia de poderosos y débiles no es sustancial, porque en definitiva todo dependerá del esfuerzo y de la suerte personal. En esta “libertad blanca” la ley de la vida y Dios dictan el destino de los hombres libres. Esto hace recordar aquella reacción espontánea y lógica de los gauchos, de los “hombres sueltos”, de los indios, frente
al alambrado, al trabajar para vivir, al respeto por la propiedad privada, al ganado con marca, a la construcción de un Estado (al “disciplinamiento” que enseñó Barrán), que encontró una extraña sintonía entre algunos doctores, señoritos y terratenientes, porque esa búsqueda
de “libertad” les venía bien para “barajar y dar de nuevo”. Se convirtieron en “defensores de las leyes” (las nuevas leyes que frenaban al Partido Colorado y aseguraban el nuevo reparto). Por eso “ser blanco” es hoy algo tan extraño. Una mezcla de estética gauchesca y de campo con veleidades de patricios, el facón de plata y oro, el pañuelo blanco, las artesanías de tiento, los estribos colgados en la pared, la 4x4, el Peugeot, el colegio católico o inglés, la chacra o la estancia, y la búsqueda incansable de la alcurnia en los apellidos, que los conduzca hasta el antiguo blasón familiar o al pueblito europeo de los ancestros hacia el cual peregrinar, aunque sea una vez en la vida. Claro que, el votante de a pie, el “blanco” pobre del interior, ni que hablar el de Montevideo, que sigue pensando que Aparicio era un gaucho alzado, un pobre entre los pobres, aspira a poder integrar ese círculo tan cercano de mujeres rubias, de productores agropecuarios y de profesionales liberales exitosos, que lo aguardan con sencillez campechana,
no bien la vida le de “una oportunidad o un golpe de suerte”. Wilson pudo ser la diferencia. No lo
dejaron. Pudo ser el puente hacia algo superior. Hoy, salvando las distancias, es Juan Andrés Ramírez el único que está tratando de elaborar y dotar de contenido ideológico a ese “ser blanco”. Pocos se dan cuenta. Mientras tanto seguirán doliendo un Mujica o un Agazzi. Por primera vez, en mucho tiempo, la historia parió interlocutores creíbles, de gaucho a gaucho,
de campo a campo, de productor a productor, y el apellido que te lo guarde tu abuela. Los blancos de a pie, que “prestaron” su voto en las últimas elecciones al Frente Amplio, y los blancos que ya estaban dentro de la izquierda, no volverán al Partido Nacional. Porque por primera vez fueron parte de un discurso que, a pesar de todas las imperfecciones, dudas
y problemas, se llevó a la práctica. Por eso, en la próxima elección, se volverán a enfrentar “un sentimiento” y “las razones”. Dicen que los caudillos blancos comenzaron ahora a “wilsonizarse”,
a descubrir los pobres, algunas virtudes del Estado regulador, en fin, la realidad.
Lástima que en todo este tiempo mucha gente ya aprendió que el poncho blanco es lindo para las fiestas, pero no para vivir ni para ser un país en serio. Ni que hablar de la boina colorada.


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